Venecia es de esas ciudades que hay que ver al menos una vez, aunque solo sea por lo distinta que es a cualquier otra capital europea: sin coches, construida sobre el agua y con un laberinto de canales que invita a perderse.
Plaza de San Marcos y alrededores
Es el punto de partida obligado: la Basílica de San Marcos, el Palacio Ducal y el Campanile, con vistas a toda la ciudad desde arriba. Justo al lado, el Puente de los Suspiros conecta el palacio con las antiguas prisiones — uno de los rincones más fotografiados de la ciudad.
Una góndola, sí, pero con cabeza
El paseo en góndola es caro (suele rondar los 80€ por 30 minutos, precio fijo regulado) pero sigue siendo una experiencia única. Para abaratarlo, compártelo entre varias personas o prueba el "traghetto", una góndola compartida que cruza el Gran Canal por unos pocos céntimos — la versión local, sin el paseo turístico pero igual de auténtica.
Los barrios menos turísticos
Aléjate de San Marcos y explora Cannaregio o Dorsoduro: canales mucho más tranquilos, sin las multitudes del centro, y con alguna de las mejores opciones para comer "cicchetti" (la versión veneciana del tapeo) a precios razonables.
Excursión a las islas
Si tienes un día más, Murano (famosa por el vidrio soplado) y Burano (con sus casas de colores) son una escapada fácil en vaporetto desde el centro de Venecia.
Consejos prácticos
- El vaporetto (barco-bus) es el transporte público de la ciudad; un pase de uno o varios días sale más a cuenta que billetes sueltos.
- Venecia aplica una tasa de acceso a visitantes de día en fechas de alta afluencia — conviene comprobarlo antes de planificar la visita.
- Reserva la Basílica de San Marcos con antelación: la cola sin reserva puede superar la hora en temporada alta.
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